El reino de Kryta
En Kryta hay dos tipos de humanos: los que adoran a los misteriosos Ocultos y los que no. A los devotos se los conoce como el Manto Blanco debido a las largas túnicas blancas sin mangas que muchos de ellos llevan.
Es responsabilidad del Manto Blanco supervisar a los demás humanos e imponer sobre ellos las normas y leyes de los Ocultos. Aquellos que forman parte de la organización reciben privilegios especiales (más alimentos, mejores ropas, acceso a libros, etc.) por acatar las normas y ejecutar las órdenes dadas por el sumo sacerdote del Manto Blanco. Para los habitantes de Kryta, el Manto Blanco es el núcleo de la ley y el orden, los protectores, o incluso los salvadores, de su país.
El Manto Blanco mantiene diversos templos por todo el continente. Los miembros de esta organización suelen residir en ellos, aunque no en todos los casos, para cumplir de forma más diligente sus deberes para con el Manto y adorar con mayor eficiencia a los Ocultos.
Desde el final de la última Guerra de Clanes y la defensa contra la invasión Charr, el Manto Blanco ha mantenido un gran nivel de preparación militar. No quieren volver a ser sorprendidos con la guardia baja y suelen conservar grandes cantidades de armas en sus templos para casos de emergencia. Tampoco es raro que los adeptos de la filosofía del Manto sean guerreros muy entrenados. Las aptitudes de combate pueden resultar muy útiles si algún día vuelve a hacerse necesario defender Kryta de una invasión.
Saul D’Alessio, fundador del Manto Blanco
Saul D’Alessio era un desecho humano. Jugador y borracho, tocó fondo al contraer una deuda a la que no podía hacer frente. En ese momento, la casa de apuestas local estaba controlada por la “Herradura de la Suerte”, un clan de juego cuya influencia se extendía de un extremo a otro del continente. Para poder pagar, Saul empezó a robar a los mercaderes que utilizaban la carretera de Beetletun a Shaemoor. Aunque esto le permitió saldar satisfactoriamente su deuda con la Herradura de la Suerte, una de sus víctimas lo identificó y fue procesado por ladrón. Su castigo fue el destierro del reino de Kryta. Las autoridades locales le vendaron los ojos y viajaron tres semanas con él para, al final, dejarlo abandonado a su suerte.
Solo, arruinado y perdido, Saul vagó por un espeso bosque durante días, y sobrevivió a base de raíces y bayas. En el cuarto día, delirante ya por el hambre, Saul consiguió salir del bosque, y lo que vio entonces le pareció una alucinación: una ciudad de torres colosales que se elevaban hasta el cielo. Su arquitectura era impresionante, y las criaturas que la habitaban no se parecían a nada que hubiese visto jamás. Acercándose a la ciudad, Saul pudo examinar a sus moradores con más detenimiento. Eran altos y delgados, y disponían de unos apéndices que parecían alas y se movían a la más mínima brisa. Cuando caminaban, sus pies parecían no tocar el suelo; cuando hablaban, el sonido de su voz era lo más melodioso que había oído. No cabía duda alguna de que esas criaturas tenían algo de divinas. Hambriento y exhausto, con sus ropas harapientas, Saul cayó de rodillas y tocó el suelo con la frente. Había hallado a sus dioses, y ellos, a su vez, a su discípulo más devoto.
Cuando Saul D’Alessio volvió a Kryta, ya no era el mismo. Había reemplazado sus harapos por una túnica de un blanco níveo, bordada con hilo de oro. Sus ojos hundidos y su semblante enfermizo habían sido sustituidos por una expresión luminosa y saludable. Ya no ansiaba la bebida, ni tenía el deseo de hacerse rico con el juego. Su vida tenía un propósito. Había vuelto para difundir la palabra, para revelar su descubrimiento a los humanos de Kryta.
Durante ese tiempo, el imperio de Kryta se encontraba en medio de en dos guerras: una contra los clanes de las demás naciones humanas y otra contra las bestias Charr. La comida escaseaba, y los invasores quemaban las cosechas y esparcían sal por los campos. Fue entonces cuando Saul se dirigió al pueblo y le ofreció la ayuda de sus poderosos y enigmáticos dioses.
La nueva fe de Saul era tan vigorosa que pronto atrajo a algunos seguidores. Este grupo recorrió el país, reclutando a más y más personas y ofreciendo la salvación en tiempos difíciles. Aunque nadie había visto jamás a los dioses alados ni sus ciudades de torres colosales, confiaron en la palabra de Saul y creyeron en su existencia. Se convirtió en un pastor, y sus ovejas seguían cada uno de sus pasos. Los fieles que mostraban mayor convicción recibían túnicas blancas, también bordadas con un hilo de oro.
Así nació el Manto Blanco.
Derrotados, superados en número, faltos de dirección y enfrentados a una muerte casi segura, los habitantes de Kryta se volvieron hacia Saul para que los ayudase a salir de esa hora fatídica. Saul D’Alessio pasó de ser un simple mensajero a convertirse en general de un gran ejército. Con su nueva fe y su nuevo líder, Kryta y el Manto Blanco consiguieron expulsar a los Charr, obligándolos a retirarse de nuevo más allá de las montañas.
Aunque sus esfuerzos se vieron recompensados, Saul acabó entregando su vida en la guerra que liberó a los humanos de Kryta. En la última ofensiva contra los Charr, Saul guió a sus tropas en una incursión al corazón del territorio Charr. Pero su red de espías, que siempre había sido muy eficiente, eligió ese día para fallarle. Los Charr les habían preparado una emboscada; las bestias masacraron hasta al último de los hombres de Saul, lo que convirtió a éste en mártir del Manto Blanco. Sus enseñanzas siguen vivas en los templos y un lugar en la costa sur de Kryta lleva su nombre como homenaje al hombre que trajo paz y prosperidad a las gentes de esta región tropical.





















