Los protectores de Kryta (segunda parte)
—Vaya honor —se quejó Cynn.
—La tarea en sí no tiene por qué ser agradable —le explicó Mhenlo—. Es un honor porque nos han escogido los primeros, por delante de los demás, para llevarla a cabo.
—Llámalo como quieras —prosiguió Cynn, que ya se dirigía al portón del extremo más meridional de Shaemoor––, pero a mí me sigue sonando a trabajo.
—Será porque es un trabajo —accedió Devona—, pero lo hacemos para seguir estando a buenas con el Manto Blanco. Somos invitados en Kryta, no lo olvides. No tienen por qué aceptarnos, especialmente si se tiene en cuenta la historia de nuestros dos reinos en el pasado.
—No tienen por qué, excepto porque les hemos salvado el templo —contestó Cynn—, y esa especie de báculo que tanto parecía preocuparlos.
—El Cetro de Orr —le corrigió Mhenlo—. Esa “especie de báculo” era el Cetro de Orr, un poderoso artefacto mágico que podía haber caído en manos de los muertos vivientes.
—Cetro, báculo, ¿qué importa? Lo único que digo es que…
—Los detalles carecen de importancia ––la interrumpió Aidan—. Lo que importa es que el que probablemente sea el hombre más poderoso de Kryta nos ha pedido que escoltemos el Ojo Divino hasta Loamhurst. Es un trabajo, y no hay peros o suposiciones que valgan. Además, es algo que vamos a hacer porque no entraña ningún daño para nosotros y sí que puede beneficiarnos mucho. Aidan empezó a subir los peldaños al otro lado de Shaemoor.
—Creo que te has equivocado de vocación, Aidan —dijo Cynn, ladeando la cabeza y esbozando una sonrisa burlona—. Hablas igual que esos políticos amigos de mi padre.
Devona volvió la mirada hacia los demás mientras alcanzaba el segundo tramo de peldaños. —Quizá podríamos dejar esta conversación para otro momento, no vayamos a ofender al magistrado.
—Amigos míos —vociferó el magistrado Hablion, apareciendo peldaños arriba como si lo hubieran llamado—, bienvenidos a Shaemoor.
Devona, Cynn, Aidan y Mhenlo coronaron las escaleras y llegaron al centro de la pequeña población. Miraron maravillados la pirámide flotante, transparente y verde. Casi dos veces del tamaño de un hombre normal, flotaba encima de un pedestal de piedra al lado del magistrado, emitiendo muy poco ruido, solo algo que recordaba el entrechocar leve y distante de un móvil de campanillas. Dentro del artefacto había lo que parecía ser un ojo humano gigante, con sus pestañas y su párpado. Bajó la mirada hacia los cuatro de Ascalon y pestañeó.
—Este es el Ojo Divino de Janthir —prosiguió Hablion––. Es capaz de ver el interior de las personas y saber si tienen poderes mágicos. Juzgará a quienes observe, ya sea para subir a la gloria o para caer en la desgracia. El blanco austero del yelmo que cubría la mayor parte del rostro del magistrado hacía un gran contraste con su piel bronceada. Sonrió y mostró unos dientes tan blancos como el yelmo. —Llevadlo a Loamhurst acompañados de aquellos que estiméis dignos de esta empresa.
—Magnífico —dijo Cynn—. Más trabajo.
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda!
Devona echó mano del martillo que llevaba al hombro. —Tengu —dijo entre dientes, y echó a correr por el puente de piedra.
Al otro lado del barranco, cuatro mercaderes de Kryta luchaban por sus vidas. Rodeándolos por tres lados, una bandada de seis criaturas similares a pájaros los zaherían con espadas, hachas y garras. Los Tengu guardaban cierto parecido con los humanos, no solo en que eran bípedos, sino también en que poseían la inteligencia necesaria para planear y llevar a cabo una emboscada. Sus ojillos y picos estaban cubiertos con intrincados yelmos dorados y muchos de ellos también llevaban armaduras y escudos.
—Estos pajarracos van en serio —gruñó Devona.
Los de Kryta a quienes atacaban se cubrían las espaldas con un carromato que habían volcado de lado. Enarbolaban bastones y lanzaban piedras, pero estaba claro que no iban a sobrevivir mucho a la lucha.
Las flechas de Aidan y la bengala de Cynn dieron en la primera de las criaturas con cabeza de pájaro antes de que Devona llegara al cuerpo a cuerpo. La criatura cayó ante la fuerza del ataque.
—Esto debería distraer su atención —dijo Devona mientras se acercaba.
Allá en lo alto, el Ojo Divino de Janthir la siguió sumisamente, tal y como llevaba haciendo desde Shaemoor. La guerrera llegó a donde empezaba el combate y el Ojo parpadeó una vez más, proyectando esta vez una onda expansiva que derribó a toda la bandada de Tengu.
Devona no perdió el tiempo. Antes de que ningún Tengu pudiera ponerse en pie, la guerrera balanceó el martillo y lo estrelló contra el pecho de una criatura derribada. La pesada cabeza del martillo se hundió en la coraza del Tengu, dejándole una enorme herida en el centro. Con un grito y otro golpe, el martillo de Devona hundió completamente la armadura, aplastando carne, huesos y plumas. La criatura que tenía debajo graznó y se retorció, y luego se quedó callada, con la cabeza doblada a un lado en un ángulo inverosímil.
Apartándose de los de Kryta como una tromba, los cuatro Tengu restantes centraron su atención en la guerrera.
—Eso es —gruñó—. Venid con Devona.
Mhenlo se arrodilló al lado de uno de los mercaderes de Kryta. Todos ellos tenían cortes y magulladuras leves por la emboscada, pero aquel hombre estaba peor. Tenía una cuchillada muy fea en el hombro causada por un hacha Tengu. Mhenlo empezó a rezar a Dwayna para que le diera el poder de sanar las heridas del hombre.
—Gracias por salvarnos —dijo el mercader.
Cynn abrió la boca para decir algo, pero Devona la interrumpió: —Suerte que aparecimos cuando aparecimos.
—Cuando atacaron nuestra caravana algunos de nosotros nos dispersamos hacia las colinas —el hombre levantó la mirada hacia el Ojo Divino de Janthir, que flotaba mansamente detrás de Devona. Luego volvió la mirada hacia los de Ascalon y los examinó uno por uno—. Si alguno de ellos formara parte de los Elegidos, sería vuestro deber, como guardianes del Ojo, encontrarlos y escoltarlos sanos y salvos hasta Loamhurst.
—¿Cuánto queda hasta llegar a Loamhurst? ––preguntó Aidan.
—No queda demasiado lejos —dijo el agradecido mercader señalando hacia el norte—. Está en la playa, en la cala que hay justo pasado el pantano.
—Bueno —dijo Cynn—, entonces sugiero que nos pongamos en marcha. La mitad del reino de Kryta podría necesitar que los salváramos entre aquí y allá —puso los brazos en jarras––. Y no querríamos hacerles esperar.





















