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Los protectores de Kryta (primera parte)

—Confesor Schessler, es todo un honor —Devona inclinó la cabeza.

—El honor es mío —el anciano le devolvió la cortesía con una sonrisa—-. El magistrado Haiblion me ha explicado lo mucho que debemos agradeceros.

—Es cierto —saltó la voz de Cynn desde detrás de Devona—. Ya era hora de que alguien nos reconociera nuestras aportaciones.

Devona se giró, fulminando a su amiga con la mirada y mascullando entre dientes: —¡Cynn!

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—No pasa nada, Devona —el confesor Schessler ahogó una risa—. Somos conscientes de lo mucho que nos habéis ayudado desde que llegasteis a Kryta. Por eso os hemos hecho llamar a todos hoy. Se dio la vuelta y se dirigió al inmaculado sendero que recorría el templo. —Venid conmigo —dijo, haciendo un gesto a Devona, Aidan, Mhenlo y Cynn para que le siguieran––. Quiero contaros una historia.

Devona miró a sus compañeros, se encogió de hombros y siguió al anciano por el sendero. Los demás hicieron lo propio y fueron tras ella.

Antes de que le alcanzaran, el confesor Schessler empezó a contarles por encima del hombro: —Vuestras hazañas os han valido un puesto de honor muy especial en el Manto Blanco. Os consideramos amigos a todos, y como tales quiero contaros la historia de nuestros humildes comienzos.

—Estupendo —susurró Cynn—. Justo lo que quería: una clase de historia…

Devona vio que Mhenlo tocaba a la elementalista en el hombro intentando tranquilizarla. Al parecer, el confesor no había oído el comentario, porque prosiguió sin detenerse:

—Como quizá ya sabréis, el Manto Blanco lo fundó un hombre llamado Saul Botolf. Jugador y borracho, llegó a su peor momento al contraer una deuda a la que no podía hacer frente.

»En ese momento, la casa de apuestas local estaba controlada por la Herradura Afortunada, un clan de juego cuya influencia se extendía a las tres naciones humanas del continente. El confesor levantó la mano, agitando el dedo para enfatizar este dato. —Esto, por supuesto, fue antes de la invasión de los Charr, cuando Ascalon aún era próspero y Orr se encontraba… bueno, antes de la muerte prematura de Orr —introdujo la mano en la túnica mientras giraba una curva y seguía bajando el camino.

—Para evitar fallar en los pagos, Saul empezó a robar a los mercaderes que utilizaban la carretera de Beetletun a Shaemoor…

—Así que, resumiendo —le interrumpió Cynn—, ¿quieres decir que el Manto Blanco lo fundó un ladrón borrachuzo que tenía problemas con el juego?

El confesor Schessler se detuvo de sopetón. A Devona se le puso todo el cuerpo en tensión y miró al suelo instintivamente mientras intentaba calcular cuántos magistrados se les iban a echar encima por culpa de la bocaza de Cynn.

—Correcto —asintió Schessler sin volverse.

Devona se relajó. Ahora que lo pensaba mejor, con solo matar a Cynn sería mucho más fácil.

—Aunque esto le permitió pagar satisfactoriamente su deuda con la Herradura Afortunada, una de sus víctimas lo identificó y fue procesado por ladrón —prosiguió Schessler––. Fue condenado a ser desterrado de Kryta. El confesor se puso otra vez a bajar el sendero.

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—Las autoridades locales le vendaron los ojos y viajaron dos semanas con él para, finalmente, dejarlo abandonado a su suerte. Solo, arruinado y perdido, Saul vagó por un espeso bosque durante tres días enteros. Al cuarto día, Saul consiguió salir del bosque, y lo que vio entonces le pareció una alucinación: una ciudad de torres colosales que se elevaban hasta el cielo. Llena de alabastro y filigranas de oro, era una vista digna de contemplar. Era un lugar puro, un lugar donde un hombre como Saul podría empezar de nuevo. Hambriento y exhausto, con sus ropas harapientas, Saul cayó de rodillas y tocó el suelo con la frente. Había hallado a su deidad.

»Cuando Saul Botolf volvió por fin a Kryta, ya no era el mismo. Sus harapos habían desaparecido. En vez de ellas llevaba una túnica sin mangas, de un blanco radiante y bordados de oro —el confesor extendió los brazos, mostrando la túnica que llevaba él. También era de un blanco radiante y estaba bordada en oro—. Sus ojos hundidos y su semblante hambriento habían sido sustituidos por una expresión luminosa y saludable. Ya no ansiaba la bebida, ni tenía el deseo de hacerse rico con el juego. Su vida tenía un propósito. Había vuelto para difundir la palabra, para revelar las gracias divinas de los Ocultos a los humanos de Kryta.

El sendero que habían seguido daba a un patio, por encima de la muralla oriental del templo. La vista era espectacular. La muralla daba paso a una larga loma llena de flores silvestres y hierba verde, que a su vez daba paso a la arena y, por último, al mar.

El confesor Schessler se volvió para mirarlos, apoyándose en la piedra. —La nueva fe de Saul era tan vigorosa que pronto había atraído a unos cuantos seguidores. Él y los demás recorrieron el país en grupo, reclutando a más discípulos y ofreciendo la salvación en tiempos difíciles —sonrió a cada uno de ellos, asintiendo con la cabeza—. Saul es un pastor, y nosotros no somos más que sus humildes seguidores. Haríais bien en seguir su ejemplo.

—¿Saul aún vive? —preguntó Mhenlo, devoto seguidor de Dwayna.

Devona creyó haber detectado una nota de escepticismo en la voz de su amigo.

—No, claro —dijo el confesor—. Ya ha abandonado este mundo —juntó las manos, como si fuera a rezar—. Pero eso ya es otra historia. Ahora tengo que pediros un favor…

Los protectores de Kryta (segunda parte)