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La Batalla de Khylo (segundo día)

—¡Por la justicia! —gritó Mordakai, haciendo oscilar el martillo hacia otro enemigo. El golpe encajó en el pecho del hombre, tirándolo al suelo. Con el mismo impulso, el poderoso guerrero aplastó el cráneo de un segundo hombre. Con otra potente arremetida, Mordakai hundió la coraza pesada de un tercer soldado, exprimiéndole la vida.

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El batir del metal contra el metal y los aullidos de dolor empezaron a fundirse, llenando el aire con la sombría melodía de la guerra. Con cada estribillo, otro invasor más caía ante la cólera de Mordakai.

Y allí, ante el castillo, con los muertos que le llegaban hasta las rodillas, el guerrero se dejó llevar por el éxtasis del combate. La ávida emoción de la lucha cuerpo a cuerpo le llenó las venas, le aceró los miembros, convirtiéndole los músculos en hierro endurecido. Él era el Segador de Ascalon; su martillo, la guadaña; su armadura deslustrada y ensangrentada, la ondeante túnica de la mismísima Muerte. Con cada espiración abatía a los indignos. Con cada acometida derribaba a los enemigos del rey Adelbern. Con cada potente golpe limpiaba el mundo de los tiranos que habían ido a su casa a arrebatarle lo que les pertenecía a él y a su clan.

Un grito se levantó entre los Zelotes de Picosescalofriantes. Otra oleada de guerreros se abalanzó hacia el portón principal del castillo. Mordakai se preparó, sincronizando el golpe para que diera en el primer Zelote en llegar a él. El martillo cayó con dureza, arrancando un tañido al dar con el escudo del atacante y rebotar acto seguido.

Mordakai intentó echar el arma atrás para descargar otro golpe, pero fue demasiado lento. Su atacante blandió una espada afilada como una cuchilla y le hizo un corte profundo en el brazo. Más Zelotes se abalanzaron sobre él y, en un instante, se vio separado del resto de sus compañeros de clan. Un hacha le mordió la pierna y un martillo chocó con el lateral de su casco. Dando vueltas, aturdido, Mordakai cedió terreno para intentar recuperar el equilibrio. Lo intentó por la derecha y luego por la izquierda. Allá donde fuera, los filos le cerraban el paso y se le hundían en la carne.

Rodeado, superado en número en un diez a uno, Mordakai se desplomó sobre una rodilla. El mundo le daba vueltas ante los ojos. Las manos, cubiertas de su propia sangre, se le resbalaron de la empuñadura del martillo. Y entonces un golpetazo le resonó en la cabeza cuando algo muy pesado le dio por detrás. Un instante después, el mundo quedó sumido en el silencio. El tiempo parecía haberse detenido, y el imponente guerrero cayó de espaldas, incapaz ya de aguantarse en pie.


––¡Mordakai! —desde el adarve en lo alto del castillo, Burian vio desaparecer al guerrero bajo la acometida de casi una docena de Zelotes de Picosescalofriantes.

Volviendo tras la protección de las almenas, el monje cerró los ojos, bajó la cabeza y empezó entonar una plegaria a Dwayna. Sus palabras eran fluidas y melosas, un gran contraste con los duros trompazos y gritos que se oían abajo. Levantando las manos al aire, Burian terminó la plegaria.

—Insufla vida a los caídos. El milagro del renacer…

Un fogonazo blanquiazul rodeó a Mordakai y su cuerpo desapareció del suelo.


Mordakai soltó un tosido y abrió los ojos.

image—Deberías ir con más cuidado, la verdad —Burian sonrió bajando la mirada hacia él.

Mordakai echó al monje a un lado de un empujón y se puso de pie. El conjuro del monje lo había transportado desde el suelo, delante del castillo, a las almenas. —Supongo que debería darte las gracias.

—Sería un detalle —asintió Burian.

Martillo en mano, el guerrero se dirigió a las escaleras que daban al rastrillo que guardaba el portón delantero. Se detuvo y se volvió hacia el monje. —Puede que me guarde la gratitud para después de la batalla —una sonrisa asomó a sus labios—. Mantenme con vida hasta entonces y te daré todas las gracias que quieras.

La Batalla de Kyhlo: la hora final