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La Batalla de Kyhlo: la hora final

—¡Han derribado el portón!

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Mordakai tumbó a otro Zelote y se volvió para ver las puertas orientales del castillo abiertas de par en par.

El paso al lado este del castillo era estrecho, difícil de escalar y fácil de defender desde las murallas. Habían apostado hombres allí, pero menos que en el portón delantero. Ya estaban todos muertos, arrollados por una enorme hueste.

Mordakai levantó el martillo por encima de su cabeza. ––¡Con el señor del clan! ––gritó, y salió corriendo hacia el portón abierto.

Los demás guerreros de elite siguieron el liderato del imponente guerrero.

Justo tras la puerta oriental, Mordakai se detuvo en seco. En el suelo yacía Burian con la cabeza vuelta a un lado y la mirada perdida en el firmamento, como si finalmente hubiera conseguido ver al propio Balthazar. Su impecable túnica blanca se volvía roja a medida que se empapaba de la sangre fresca que le brotaba de la herida del pecho.

Mordakai se arrodilló al lado del monje. No podía hacer nada… con toda esa fuerza en los brazos, con todo lo hábil que era, no podía hacer nada para ayudar a su amigo. El guerrero inspiró una gran bocanada de aire. Nunca antes se había sentido tan débil y tan impotente como se sentía en aquel preciso instante.

—¡Han matado a los clérigos! —gritó un arquero desde su atalaya en la cima de la muralla.

Estas palabras sacaron a Mordakai de su ensimismamiento.

Los Zelotes de Picosescalofriantes no eran tontos. Una vez dentro del castillo, habían ido primero a por los curanderos. Les seguirían los demás lanzadores de conjuros y después el señor del clan.

Mordakai hizo rechinar los dientes. Sin monjes ni clérigos, a los Elegidos de Ascalon ya no les quedaba más magia curativa. Sus plegarias a Dwayna solo encontrarían oídos sordos.

Los que cayeran en combate ya no volverían.

Mordakai se puso en pie, subió los peldaños de dos en dos y llegó hasta arriba para ser saludado por la visión de un turbulento combate. El señor del clan se encontraba en el estrado levantado en el centro del castillo y rodeado por más de media docena de Zelotes. Focos más pequeños de lucha alfombraban el patio al raso.

Mordakai entró.

Un par de Zelotes atacaban a un arquero de los Elegidos. Mordakai se abrió camino, esgrimió el martillo en un gran arco y golpeó al primer Zelote en el casco. El hombre salió volando de lado, su cabeza chocó con la de otro Zelote y ambos cayeron al suelo comos dos peleles.

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El gran guerrero dio dos pasos más, levantó el martillo y aplastó la espalda de otro Zelote. El sonido del metal cediendo y el chasquido de los huesos resonó por las paredes de piedra del castillo, y otro Zelote cayó al suelo.

Con una zancada más, Mordakai se plantó en el primer peldaño del estrado y se vio sumergido en un mar de verde bosque y azul hielo, los colores de los Zelotes de Picosescalofriantes.

Un grito brotó de la parte de arriba del estrado. El señor del clan había caído. Mordakai apartó de un porrazo a un Zelote y luego a otro, decidido a llegar hasta su señor. Pero los invasores no cedían terreno, animados por su victoria sobre el señor, y rodearon a Mordakai como una marea, manteniéndole a raya en los escalones.

Una lanza le atravesó el estómago y le asomó por la espina dorsal. Era como si le hubieran prendido fuego en las entrañas de pronto, y el dolor se extendió por su cuerpo con la velocidad de una llama avivada por el viento. Cada músculo se le contrajo, intentando combatir la agonía. Sintió un hormigueo en todos y cada uno de los poros de su piel, al darse cuenta de que estaba herido de muerte. Mordakai se tambaleó hacia atrás cuando le arrancaron la lanza de las entrañas. Se estremeció una vez más al ver la carne perforada.

Sintió un mareo, y un entumecimiento debido al dolor. El fuego de su odio contra los Zelotes de Picosescalofriantes se apagó, y se apoderó de él una cálida sensación, como la de una brisa estival sobre una orilla arenosa. Sus músculos cansados se relajaron, y la preocupación por defender el castillo simplemente se esfumó.

El imponente guerrero apenas se estremeció cuando la lanza le atravesó la armadura por tercera vez.

Mientras su cuerpo caía al suelo, la mente de Mordakai divagó. Volvió a pensar en el día que había dejado a su esposa y a su hija para ir a defender el castillo. Veía claramente el rostro de Devona mientras se despedía de ella con un beso. Parecía haber sucedido hacía tanto tiempo.

—No te pongas triste, Devona —había dicho—. Volveré antes de que te des cuenta. Te lo prometo.

—Ya lo sé, papá —le había sonreído la pequeña.

La imagen de Devona se desvaneció y Mordakai cerró los ojos. “Volveré antes de que te des cuenta”. El gran guerrero exhaló su último suspiro y se desplomó sobre la piedra.