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La Batalla de Kyhlo (primer día)

imageAño 1052 d. É.

Mordakai llevó la callosa mano a la mejilla de su hija y luego le levantó la barbilla para poder mirarla a los ojos. Eran de un hermoso pardo ambarino, igual que los de su madre.

—No te pongas triste, Devona —le sonrió, haciendo todo lo posible por resultar tranquilizador—. Volveré antes de que te des cuenta. Te lo prometo.

Devona arrugó la nariz y se secó una lágrima del ojo. —Ya lo sé, papá —dijo.

Ella era siempre así de valiente. Solo tenía cinco años, pero ya tenía los ademanes de un auténtico guerrero.

—Cuida de mamá y mantenme caliente un poco de asado —dijo sopesando el martillo—. Tengo que reunirme con el resto de mi clan.

Mordakai se despidió de su esposa y de su hija con un beso, agachó la cabeza al pasar por el bajo umbral de ladrillo y cruzó la puerta para perderse en las calles de Khylo.


Poco antes de la puesta de sol, los batidores habían informado de que los Zelotes de Picosescalofriantes se habían congregado y marchaban sobre Kyhlo.

Mordakai estaba al lado de los estandartes grana y oro colgados en los astiles de la cima de las murallas del castillo. La recia tela golpeteaba con la fuerte brisa, y el blasón de los Elegidos de Ascalon (el clan de Mordakai) brillaba orgulloso a la luz del atardecer. Había sido la tercera vez en sendos días que habían llamado a los Elegidos para defender la ciudad. Era una gran responsabilidad, pero también un gran honor. Solo el clan más fuerte defendía el castillo, solo el mejor de aquella tierra.

Los primeros informes habían mencionado únicamente una pequeña fuerza, pero, a medida que se consumía el día, pasaron de oír rumores de un pelotón en marcha a más de cincuenta. Mordakai aferró el martillo mientras pensaba en esa cifra. Hasta con los baluartes y los arqueros patrullando por las almenas, al clan se le presentaba una lucha encarnizada. Nadie sobreviviría para ver otro amanecer.

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Sonó una trompeta desde la atalaya.

Mordakai se llevó la mano a la frente para protegerse los ojos. A lo lejos, justo en el horizonte, una línea de polvo rojizo se levantaba en el aire.

—Ya están aquí —sentenció uno de los arqueros de la muralla.

Los demás exploradores que había cerca asintieron sin apartar la mirada de la nube roja que se acercaba.

—Que vengan —dijo Mordakai. El enorme guerrero escupió al suelo —. Caerán, como todos los demás.

Sus palabras parecieron enardecer a los hombres que lo rodeaban.

Mordakai bajó como una exhalación por las escaleras, cruzó el rastrillo y dejó atrás la línea de guerreros que se había reunido delante del castillo.

En aquel suspiro, el punto en la lejanía que eran los Zelotes se había convertido en un ejército completamente formado. Mordakai ya distinguía el verde bosque y azul hielo de los estandartes de su clan.

El enorme guerrero volvió su pensamiento a esa mañana, cuando se había despedido de Devona. Le había hecho una promesa y pensaba cumplirla.

Poniéndose el casco, Mordakai ocupó su puesto como jefe de su equipo. —Este castillo pertenece a los Elegidos de Ascalon —tronó su voz, llegando a todos los hombres y mujeres que se encontraban a menos de cien metros—. Y va a seguir siéndolo.

La Batalla de Kyhlo (segundo día)