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En pos de una leyenda

—Yo de ti no iría allí, mozalbete.

Aidan levantó la vista de su mochila.

El enano que le había adaptado el nuevo arco se rascó la barba. —El último tipo de Ascalon que se aventuró allí no regresó jamás.

—¿De quién se trataba? —preguntó el guardabosques.

—Sería hace cosa de un año, un tipo llamado Tasco…

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—¿El oficial Tasca? ––le interrumpió Aidan. Conocía muy bien todas las historias sobre el intrépido explorador. De Tasca se decía que era imposible de matar, y era famoso por haber sobrevivido a avalanchas, enjambres de avispas y hasta alguna que otra estampida de wummpus––. ¿Y se fue allí?

—Como te decía —repitió el enano—, hace un par de temporadas que le hice unos trabajos… un hacha, unas botas y un zurrón bien resistente. Luego me encargó que le hiciera un trineo tirado por perros. Y se lo hice, pero nunca regresó a buscarlo.

—¿Y ya está?

—Sí —contestó el enano—. Ahora que caigo, pasó otro tipo por aquí preguntando por el Tasco ese…

—Oficial Tasca, no Tasco —le cortó Cynn—-. ¿Qué te pasa? ¿La barba te tira demasiado?

—¿Alguien que preguntaba por él? —intervino Aidan preguntándole al enano y levantando la mano para hacer callar a la elementalista.

—Eso es —dijo el enano—. Otro humano —escrutó a Aidan, Mhenlo y Devona. Y a continuación sus ojos se posaron en Cynn—. Aunque sus pintas no eran tan malas como las vuestras, chicos…

Cynn dio un paso y levantó las manos, como si fuera a lanzar un conjuro, pero Mhenlo la cogió por la cintura.

—… pero parecía bastante duro —terminó el enano, sonriendo ante la mirada fulminante de Cynn—. Creo que se hacía llamar Whitman.

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El nombre alertó a Aidan. Desde la Devastación solo había habido dos oficiales famosos en Ascalon. A ambos se les atribuía haber cartografiado hasta la última hoja de la selva de Maguuma y haber contado hasta la última fisura de las Picosescalofriantes. Todavía más, había partes de las nevadas montañas que llevaban sus nombres, en los lugares donde se rumoreaba que uno había muerto o el otro había estado a punto de cruzar la niebla. Pero no se había oído nada de ellos desde hacía ya una década.

Aidan sintió un cosquilleo en la espina dorsal al darse cuenta de la importancia de aquello. Si era cierto lo que decía ese artesano enano, ambos habían estado en la Forja de Droknar hacía menos de un año.

—¿Y qué pasó con el segundo hombre… con Whitman? ––inquirió Aidan.

—Supongo que iría detrás del Tasca ese —El enano se encogió de hombros y le dedicó una gran sonrisa a Cynn, mostrándole una boca medio llena de dientes rotos—. Probablemente partió hacia la Huella de Grenth y bajó a la Fragua del Pesar.

Eso era todo lo que necesitaba oír. Aidan cogió la mochila, se echó el nuevo arco a la espalda y le dio al enano una bolsa de oro.

—Gracias por el arco —dijo. Dedicó una mirada a los demás, se dio la vuelta y se dirigió hacia el portón—. Si encuentro al oficial Tasca, le haré saber que aún tienes su trineo de perros.

—Bueno, pero no le digas que te lo he dicho yo, mozalbete —rió el enano.

Devona y Mhenlo se dieron la vuelta y siguieron al guardabosques hacia la Forja de Droknar.

Cynn fue la última en salir.

El artesano enano clavó la mirada en la elementalista durante un largo instante y luego se mesó la barba.

—Puede que tengas razón, moza —dijo al fin—. Creo que me tira demasiado. Eso es lo que me pasa por hacerme las trencillas yo mismo.

— Háztelo mirar—Cynn sonrió.

—Sí —asintió el enano—. Y hablando de mirar, mejor que mires bien por esos amigos tuyos —añadió—. Si crees que me tira la barba, espera a echar un vistazo en la Cima de Piedra. No hay tipos más quisquillosos en este pico helado que ellos.

—Lo haré —dijo Cynn, sonriendo aún más. Con esto, se dio la vuelta, salió y siguió a los demás por la nieve.