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6: El Abismo

Las Tumbas de Drascir se erguían como si fueran las murallas de una fortaleza. Devona, Aidan, Cynn y Mhenlo las contemplaban. Cuatro nativos de Ascalon más se habían unido a ellos para esa misión, aumentando su número hasta ocho.

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Una figura fantasmal se materializó desde detrás de una lápida.

“—Sé lo que buscáis… —su voz retumbó por la yerma llanura, hueca y etérea como si proviniera del lateral de un mausoleo—. Porque yo también deseo reclamar la Sala de los Héroes —la figura fantasmal hizo un gesto al grupo con una mano tenue para que este avanzara—. Seguidme. Juntos abriremos el portal y lo cruzaremos hacia el Inframundo.
Con esto se dio la vuelta y se deslizó por el suelo hasta llegar a unas escaleras situadas en la base de las tumbas. Al final de las escaleras se levantaba un altar y, detrás de este, lo que parecía un par de puertas enormes que llevaban al interior.”

—¿Qué… o quién ha sido eso? —preguntó Devona volviéndose hacia sus compañeros.

—"Eso" era Lord Victo —repuso Mhenlo reconfortando a la guerrera poniéndole una mano en el hombro.

—¿Lord Victo? —Devona sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral—. ¿El Campeón de Orr? ¿El general supremo de los ejércitos orrianos en la Batalla de Arah?

—El mismo —contestó el monje con una sonrisa.

—Pero si lleva muerto… cientos de años —Devona se rascó la frente—. Incluso más.

—A decir verdad, su muerte tuvo lugar hace casi doscientos años —Mhenlo volvió a sonreír.

—Aprisa —dijo Lord Victo, coronando las escaleras mientras empezaba a flotar ante el elaborado altar—. La muerte indigna despierta de su letargo. ¡No permitáis que interfieran!

El suelo entró en erupción cuando casi una docena de zombis se libraron a zarpazos de sus prisiones de tierra y empezaron a arrastrarse hacia el fantasmagórico señor.

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Lord Victo se volvió hacia el altar y levantó los brazos hacia el cielo. —Prestad atención a mi súplica, Espíritus del Abismo…

Devona desenfundó la espada. —¡Defended a Lord Victo! —gritó. Y la guerrera se lanzó a la carga, seguida muy de cerca por sus siete compañeros.

El grupo se abrió camino entre los renqueantes muertos vivientes sin apenas dificultad y subió las escaleras para adoptar una posición defensiva alrededor del fantasma, que seguía con su salmodia.

—Os lo suplico —gritó el fantasmal señor—, Abrid…

—¡Ahí vienen! —Cynn se situó en la cornisa de la plataforma elevada en la que se encontraban y señaló a la derecha—. Y vienen rápido.

Devona solo tuvo tiempo de sacudir de la espada el último trocito de carne desecada antes de que una oleada de guerreros óseos se le viniera encima. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba rodeada. Su hoja bailó en al aire de la noche, reflejando la luz fantasmal de las antorchas verdes que ardían al lado del altar mientras arrancaba a espadazos trozos de hueso a los enemigos. Los esqueletos respondieron de igual modo, acuchillándola con hachas dentadas y espadas oxidadas.

Cuando ella derribaba a uno, otro ocupaba su lugar. Sangraba por incontables heridas en los brazos, y la cara le ardía allá donde le habían alcanzado las garras de los esqueletos. Pero Devona no tenía tiempo de ocuparse de cosas tan triviales. Estaba luchando por su vida.

Y entonces, de repente, la voz de Lord Victo se alzó por encima de los sonidos del metal contra el metal y el hueso siendo astillado. —Los espíritus han escuchado nuestra súplica.

Y al momento siguiente las tumbas habían desaparecido con un fogonazo para ser reemplazadas por la arquitectura más resplandeciente que habían visto sus ojos. Doradas estatuas de ángeles con alas de vidrios de colores juntaban las manos sobre un reluciente pasillo hecho de gemas.

Plantas de naranja y púrpura brillante se mecían a la leve brisa, y las hojas dejaban escapar pequeños tintineos cuando rozaban entre sí, como si estuvieran hechas de vidrio o cristal. Y, a lo lejos, Devona alcanzaba a atisbar los muros de un palacio enorme. Sus contornos atrapaban la luz perfectamente, emitiendo un brillo suave y cálido, como los rayos del sol de poniente.

—No os pongáis muy cómodos —advirtió Lord Victo, sacando a la guerrera de su ensimismamiento—. Nuestro viaje a la Sala no ha hecho más que empezar —miró a cada uno de los humanos por turno—. Y en este lugar hay algunos que darían gustosos la vida por vernos fracasar.

Territorio salvaje