5: Territorio salvaje
Devona pasó la mano sobre el exuberante follaje. Aquel lugar era asombroso. Ya había visto plantas y árboles antes, incluso pantanos y flores, pero nada podría haberla preparado para eso. El mundo entero parecía cubierto de verde. Helechos, hierbas y hierbajos: toda suerte de plantas que solo deberían llegarle al tobillo, se alzaban por encima de su cabeza. Allá donde miraba, le tapaban la vista frondas de tupidas palmeras y enredaderas hinchadas.
Desde lo alto, enormes ramas pendían sobre abruptos despeñaderos de roca. Devona se hallaba en un valle entre dos de las paredes de roca y un lugar donde el agua caía en charcas profundas. Arriba, la tierra estaba seca y yerma, pero allí abajo era como si el mundo se hubiera vuelto loco. Los matorrales crecían hasta alcanzar el tamaño de un yak adulto. Las cañas de bambú llegaban a medir el triple de su altura normal.
Estaba oscuro allá abajo, en el fondo de las profundas simas. La selva intentaba atrapar al sol, subiendo más y más mientras las plantas luchaban entre sí por la supervivencia y por una porción mayor de la vital luz. Solo algunas columnas aisladas de luz conseguían llegar al suelo de la selva. Iluminaban la tierra alfombrada de musgo, creando raras sombras alargadas y haciendo que ese lugar pareciera sereno y pacífico aunque extrañamente ominoso a la vez.
Devona se sentía pequeña en aquel lugar. El mundo podía cerrarse sobre ella como los dedos de un titán y no sería capaz de hacer nada para evitarlo. Estaba a merced del entorno, y eso la asustaba.
Aidan y Cynn también parecían nerviosos.
—Yo digo que quememos todo este sitio —propuso Cynn, haciendo girar el báculo nerviosamente entre aquellos dedos largos y delgados.
Aidan se giró para dedicar una mirada a la elementalista. —No, Cynn. No haremos tal cosa —alargó la mano para examinar una hoja hiperdesarrollada que tenía delante—. Aquí vivía una antigua cultura…
—Si eso es verdad —le interrumpió la elementalista—, ¿dónde están ahora? —No lo sé —Aidan negó con la cabeza—. Pero aquí hay encantamientos muy poderosos funcionando —volvió a mirar a Cynn—. Cosas tan poderosas que ni tú conseguirías vencer.
—Eso es lo que tú te crees —rió Cynn.
El viento barría los profundos valles, meciendo lianas y hojas. De vez en cuando se llegaba a distinguir el suave gorjeo de los pájaros o el aullido de un lobo entre el estruendo constante, pero en su mayor parte la selva no era más que una profusión de colores y sonidos.
Cynn abrió más los ojos y se apartó de una planta frondosa llena de hojas verdes y púrpuras separando los brazos como si se dispusiera a lanzar un conjuro. —¿Qué ha sido eso?
—Yo no he oído nada —contestó Devona, sofocando una risa—. A menos que te refieras al incesante susurro que llevamos escuchando desde hace una hora.
De repente, Aidan se agazapó y sacó una flecha del carcaj. —Chitón —dijo—, nos están acechando.





















