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4: Los enanos

“El aliento de Devona ascendía en forma de columna de vapor por encima de su cabeza mientras corría.
—¿Estás seguro de eso? Estos enanos no parecen muy amistosos.”

“Aidan miró por encima del hombro a los perseguidores y luego volvió la vista al curvado puente de placas metálicas que tenían delante.
—No —admitió al fin—, pero ¿qué alternativa tenemos?”

—Podríamos bajar al valle — Cynn señaló un sendero situado a su derecha—, y burlar, de paso, a esos habitantes de la nieve.

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“Aidan negó con la cabeza. —Hay pocos lugares en las Picosescalofriantes en los que podamos escapar de ellos. Además, a los enanos de Deldrimor no les gusta la Cima de Piedra. Nos ayudarán —el guardabosques tragó saliva—. Supongo.”

Las moradas enanas que tenían delante eran muy diferentes de las últimas que se habían encontrado. En vez de losas de piedra unidas por pesadas cadenas de hierro, allí los edificios tenían trabajadas cubiertas de metal y puertas de madera profusamente talladas. Aquello eran hogares para familias, y no barracones de soldados.

Una lluvia de flechas se clavó en el suelo, por delante de los humanos que huían, y Cynn dejó escapar un largo siseo entre los dientes apretados.

La elementalista se paró de golpe y se giró para encararse con los arqueros enanos. Un hilo de sangre le bajaba por el hombro, allá donde una flecha le había rozado la carne.

—No me importa si algunos enanos de estas montañas son aliados nuestros —dijo ella con la mirada ensombrecida, mientras el extremo enjoyado del báculo se volvía de un color naranja intenso—. Estoy harta de que me persigan.

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Extendiendo ambas manos delante del pecho, la elementalista pronunció varias palabras poderosas. Su cuerpo se vio rodeado al instante por una aureola de runas rojas resplandecientes. Suspendida en el aire por la corriente de energía mágica, la voz de Cynn subió y subió, adquiriendo tal intensidad que Devona creyó que el sonido provocaría el derrumbe de los glaciares que había en las cimas de las montañas.

Y entonces, la cacofonía cesó tan de repente como había empezado y las Picosescalofriantes se quedaron en silencio. El cielo estalló en una profusión de naranjas, rojos y amarillos. Enromes meteoros en llamas cayeron de los cielos, apedreando a los enanos de la Cima de Piedra que les perseguían. Penachos de nieve volaron por los aires, oscureciendo por un momento a la turba persecutora. Los enanos gritaban mientras la ardiente lluvia atravesaba sus gruesos abrigos y les quemaba la piel. Y el revelador siseo del fuego encontrándose con la nieve llenó el valle.

— ¿Qué os parece? —los labios de Cynn se curvaron en una sonrisa.

Devona se giró, desenvainando la espada, al oír el sonido de unos cascos repiqueteando por el puente de hierro. Un par de yaks con armaduras pesadas y arneses se dirigía directamente hacia los humanos. Tras ellos, unido a los arneses por cuatro gruesas cadenas, iba lo que solo podría describirse como un barco de nieve. La nave tenía un palo mayor grueso y de madera y tres velas hinchadas al viento, y no se diferenciaba mucho de las embarcaciones que Devona había visto en la Costa Empañada. Pero allí donde los veleros marinos tenían un profundo casco en forma de «V», este era plano para poder deslizarse sobre el hielo y la nieve.

—Bueno, Aidan —comentó Devona mientras retrocedía para luchar espalda contra espalda con el guardabosques—, espero que estés en lo cierto sobre el clan de Deldrimor —se apretó la tira de cuero que le sujetaba el escudo al antebrazo—. Porque esto no parece un comité de bienvenida, precisamente.

Las Picosescalofriantes  - Territorio salvaje