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3: Las Picosescalofriantes

El viento arreciaba, y Devona se ciñó las pieles al cuello.

La vista era impresionante: el firmamento azul celeste, el sol radiante y las nubecillas blancas contrastaban radicalmente con el cielo ennegrecido de Kyhlo. Hasta el suelo era diferente. En vez de cañones de tierra rojiza y agostada y barro seco y resquebrajado, allí había montañas rocosas y ventisqueros cubiertos de nieve. Pilares traslúcidos de hielo azul reluciente caían como una cascada por abruptos precipicios y colgaban de las ramas de los sobrecargados pinos.

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Pero más espectaculares aún eran aquellos valles profundos entre los picachos dentados. Desde donde se encontraba Devona, podía bajar y bajar la mirada hasta que todo se perdía en un albor neblinoso que ocultaba completamente dónde acababa una montaña y empezaba otra. Al oeste alcanzaba a ver en la lejanía, a días de distancia de donde se encontraba. Las Picosescalofriantes eran colosales, mucho más grandes que nada que hubiera visto antes.

Devona prosiguió cruzando la cornisa angosta y resbaladiza. Hacía mucho frío allí y el aliento le ascendía en columnas densas de vaho por delante de la cara.

Un paso más, dejó atrás la cornisa y entró en el afloramiento rocoso que dominaba la fortaleza de los enanos. Aidan ya estaba agachado al lado de la cornisa, contemplando la actividad que se desarrollaba allí abajo. A su lado estaba Cynn, la elementalista, que viajaba con ellos desde su llegada a las montañas. Cynn era alta y delgada, con el cabello rubio y un gran don para lo teatral. Al principio, a Devona no le gustaba. La maga le parecía frágil… casi inútil para el combate. Pero, tras el primer encuentro con un grifo, Cynn había cambiado para siempre la idea que Devona tenía de ella.

Cuando la guerrera se acercó, oyó a sus compañeros susurrar.

—Creía que estábamos aliados con los enanos —decía Cynn.

Aidan asentía, sin apartar los ojos del campamento tan fuertemente fortificado que había abajo. —Y lo estábamos —corroboró él—. Con el rey Jarvis Martillo de Hierro, pero estos enanos ya no son fieles a su rey.

—¿Una guerra civil?

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El guardabosques se encogió de hombros. —No sé, pero creo que sería prudente decir que no les gustan las visitas inesperadas.

Como si lo hubiera estado esperando, el enorme portalón de madera que guardaba la entrada delantera del campamento se abrió deslizándose, y un montón de criaturas salió renqueando. Eran enormes y peludas, y se cubrían de pies a cabeza con una armadura de metal de excelente factura.

—¿Qué… qué son esos cosas? —inquirió Cynn, apartándose de la cornisa con un paso, aferrando el báculo.

—Son enanos… —Aidan se puso tenso. Alargó la mano hacia su espalda, sacó una flecha del carcaj y la montó en el arco con un solo movimiento fluido—… montados en gigantes.

Cynn se irguió, levantó las manos por encima de la cabeza y empezó a pronunciar un conjuro.

Devona se desenganchó un escudo de la espalda y sacó una espada horcada de la vaina que llevaba al cinto. El Muro, los devoradores, el enorme ejército de los Charr… Los acontecimientos de los días pasados ya no eran más que un borrón en el fondo de la cabeza de la guerrera. Y en aquel momento no tenía tiempo para ponerse a recordar.

Tenía que encargarse de unos enanos.

El Norte  - Los enanos