2: El norte
El martillo de Devona descendió para golpear la cabeza de un devorador. La piel quitinosa de la criatura se quebró con el impacto y una de sus patas delanteras cedió. Había sido un golpe contundente, de esos que harían doblar las rodillas hasta a un soldado curtido.
Pero el monstruo con el que luchaba Devona no era humano. Hasta donde sabía, esas bestias ni tan siquiera sentían dolor. Tambaleándose un poco, la bestia contraatacó. Las garras silbaron, cortando el aire, y Devona intentó esquivarlas. Girando a un lado, la guerrera del martillo se movió rápidamente a pesar de la pesada armadura.
Era rápida, pero no lo suficiente.
El ataque del devorador le dio en el hombro, en una de las junturas de la armadura. La garra, que era como una guadaña, resbaló por el metal y dio contra la articulación de cuero que había debajo. La afilada punta la perforó y una sacudida de dolor cegador recorrió el lado izquierdo del cuerpo de la guerrera.
Devona retrocedió y se alejó dando dos pasos, buscando algo de espacio para recobrarse.
El devorador agitó las colas y en los curvos garfios dentados de la punta de cada una goteó un líquido púrpura y pútrido. Los ojillos de la bestia se movieron arriba y abajo, como si la sopesara con la mirada. Entonces, el devorador se abalanzó sobre ella.
A Devona aún le ardía el brazo por la herida emponzoñada que tenía en el hombro, y el nuevo ataque de la criatura fue tan rápido que la tiró al suelo, haciéndola rodar sobre un montón de escombros. La guerrera apoyó la cabeza del martillo en el suelo, usando el recio mango como muleta, y se enderezó. Pero al bajar el arma se había quedado expuesta a otro ataque del devorador. Las mandíbulas del monstruo entrechocaron furiosamente mientras este empujaba a la desequilibrada guerrera. Devona había conseguido mantenerse en pie, pero ahora tenía al devorador encima.
El penacho rojo brillante de una flecha apareció en la piel de la criatura, atravesándole la pata delantera que ya tenía dañada y clavándosela al suelo. La bestia dejó escapar un gran chillido y Devona, al ver que su atacante tenía alguien más de quien preocuparse, aprovechó para apartarse de debajo de sus garras.
Cuando se dio la vuelta, Devona avistó a Aidan encaramado a una placa tectónica. El guardabosques llevaba recogida la negra melena con una gruesa tira de cuero y sus ojos pardos e impasibles no se apartaban del arco. En la cuerda ya había una segunda flecha de plumas rojas apuntada hacia el lisiado devorador.
Devona oyó a su izquierda la voz profunda de Mheno que pronunciaba las últimas palabras de una plegaria a Dwayna. Un cono de luz blanquiazul envolvió a la guerrera. Energías arcanas le recorrieron las venas y la quemazón que sentía en el hombro remitió súbitamente. No alcanzaba a ver al monje, pero sabía que ya tendría ocasión de darle las gracias.
Devona se volvió para ver cómo el monstruo de ojos saltones levantaba la maltrecha pata, haciendo que el astil de la flecha de Aidan le atravesara la carne con un chasquido nauseabundo, y se soltó.
Devona arremetió contra él. —¡Devora esto! —exclamó.
Y su martillo volvió a descender.





















