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1: El Muro

Era como salido de un libro de cuentos… imposible, irreal. El Gran Muro del Norte se erguía sobre el suelo magullado hasta casi oscurecer el sol. Devona apoyó la palma de la mano en la piedra ajada. La sintió sólida, inamovible, reconfortante.

La guerrera se llevó el martillo a la espalda y subió las escaleras que llevaban a las defensas almenadas del Muro. Hasta esa mañana, la colosal construcción que separaba los restos de Ascalon del territorio infestado de los Charr al norte no había sido más que una vaga imagen a lo lejos, en el horizonte. Ahora, por primera vez, vería la desolación que había al otro lado, las ruinas y el corrimiento tectónico causado por la Devastación.

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Cuando acabó de subir, la guerrera se fue hasta el antepecho y escudriñó en la distancia.

Enormes losas de roca alfombraban el suelo, asemejándose a trozos gigantes de loza rota desechada y desperdigada por el recortado paisaje. La hierba y los árboles estaban negros, quemados y muertos. La tierra se alzaba desde la base de la muralla, convirtiéndose en un pequeño cerro a medida que se adentraba en territorio enemigo hasta llegar a tapar lo que hubiera más allá. En la cima del cerro, iluminada de fondo por el cielo naranja y ensombrecido, Devona solo alcanzaba a distinguir el contorno de las ruinas de Surmia, una de las primeras ciudades en caer durante la invasión.

Devona contempló un mundo convulsionado, las ruinas de un reino caído que se aferraba, desesperado, a su última posibilidad de supervivencia.

El carraspeo de un hombre le hizo devolver la atención al Muro.

—Capitán Calhaan —Devona se cuadró y se volvió hacia el oficial.

Calhaan le saludó con la cabeza. —¿Es tu primera vez en el Muro?

—Sí, señor.

—¿Qué te parece? —señaló con un gesto el territorio de los Charr.

—Estoy sobrecogida, señor —declaró Devona, moviendo la cabeza.

El capitán asintió.

—Pero supongo que me esperaba… —se lo pensó durante un momento— ... algo peor —miró de reojo el suelo devastado—. Ojalá pudiera ver más.

El capitán Calhaan se balanceó sobre los talones. Se cogió las manos por detrás de la espalda y sacó pecho, volviéndose de repente muy formal.

—Bueno, recluta —dijo, mirándola directamente a los ojos—. Vas a tener esa oportunidad.

—¿Señor?

—Reúne a un equipo —repuso Calhaan—. Partiréis en menos de una hora.

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El norte